Santería mitos axiogónicos

Santería mitos axiogónicos (2)

Los valores fundamentales de la ética religiosa , el Bien y el Mal , desempeñan sin lugar a dudas un papel clave en la mitología lucumí. También en este caso contamos con versiones sumamente sincretizadas, donde la influencia judeo-cristiana es muy fuerte y con otras, más “ortodoxas”, más apegadas a los orígenes africanos. Pertenece al primer tipo aquella que se refiere a la rebelión del primer hombre (Omó Obá Allé) contra Dios, Orgulloso de su poderío. Omó comenzó a pensar: “Olodumare gobierna el Cielo, pero aquí en la Tierra el Dios soy yo”.

Cuando el Ser Supremo escuchó estas palabras preguntó:

-¿Quien habla así en el mundo?

A lo que Omó respondió:

-Averígualo tú.

-¿Quien es ese insolente?, volvió a indagar Dios.

-Bueno, soy yo. Y… ¿qué pasa?

Entonces Dios llamó a la centella (Oyá Kariempembe) y ésta descargó toda su furia sobre la tierra, con desastrosas consecuencias. Se encendieron los bosques. Hierbas, árboles, animales: todo se quemó. El hombre, al que Olodumare había otorgado, como vimos, la inmortalidad, sufrió graves quemaduras pero no pereció. Enfurecido y siempre rebelde se escondió en la profundidad de la tierra.

Y allí vive todavía con el nombre de Olosi, que aun hoy a veces sale a pelear contra el Ser Supremo, buscando hombres que le sigan en su maléfica actividad.

Según este patakí Olodumare se compadeció con el tiempo de la desolada situación de la tierra y, tras otro consejo “trinitario”, la revivificó y repobló. Al llegar a la re-creación del hombre, el “Uno-Trino” decidió hacer otro igual en todo al primero, excepto que ahora sería mortal. “Que tenga cuerpo como el anterior -proclamó Olodumare- pero ahora tú, Olofi, habitaras en su alma: el cuerpo un día perecerá pero tu espíritu vivirá eternamente. Se llamará Sekume y tendrá una mujer nombrada Mbonwe.” Sekume y Mbonwe tuvieron tres hijos de los cuales desciende todo el género humano.

La otra variedad de la leyenda constituye una de las piezas más hermosas de la mitología universal. Según ella, al principio el hombre vivía en un paraíso terrenal. Es cierto que existía la muerte. Pero ésta llegaba sin dolor. Las enfermedades y las desgracias eran desconocidas. El hombre envejecía dulcemente. Después de una larga vida, la ancianidad no producía impedimentos físicos sino un profundo deseo de inmovilidad y silencio. Al fin se cerraban los ojos y una dulcísima negrura se apoderaba de todo. En ese edén todo era de todos y, por tanto, no hacía falta ni existía el gobierno. El cielo y la tierra estaban unidos. El mar dormía en calma, sin huracanes que lo enfureciesen. No había brujas, ni plantas venenosas, ni animales ponzoñosos, ni miseria, ni dolor. El ratón era amigo del gato y los escorpiones producían gotas de miel. Era idéntica a la de la paloma el alma de la hiena. Y la fealdad no llegó sino más tarde cuando advino el tiempo de los sufrimientos.

Un mal día la tierra se rebeló contra el cielo (o lo que es lo mismo: el hombre se rebeló contra Dios). “Yo soy la base de todo. Sin mi soporte el cielo se desplomaría. Todo sale de mí y a mí vuelve. El cielo debería hacerme moforibale”.

Así gritaba la tierra en su arrogancia. Hasta que Olorún decidió castigar esa soberbia haciendo que el cielo se alejara, severo, amenazante, en el espacio.

Lo que sobrevino fue una tremenda catástrofe. Una densa tiniebla lo invadió todo. El luto de la noche trajo la tristeza, el miedo, la angustia. Y al día siguiente la palabra se había tornado absurda, ininteligible, incapaz de expresar los nuevos sentimientos del hombre.

Como si todo esto fuera poco, Olodumare derramó sobre la tierra un fuego blanco y una ardiente ventolera, que todo lo achicharraban. El agua, fundamento de la vida, se ausentó de la tierra. Los árboles, los animales y los seres humanos morían en masa. La felicidad se había ocultado en los oscuros pliegues de la memoria. El sol implacable secaba cuanto veía. Todo se tornaba polvo inerte. Los hombres que sobrevivieron a estas plagas eran ya puros esqueletos. Sólo un árbol quedaba en pie, fuerte y lozano: Iroko, la ceiba siempre reverente de la divinidad, cuyas raíces se hundían en las entrañas de la tierra y cuyas ramas se extendían hasta lo más profundo de las intimidades del cielo. Iroko sufría al contemplar la crisis de la gran armonía universal y trató en la medida de sus fuerzas de prestar ayuda.(Según fragmentos de este mito que hemos encontrado en otras libretas, el intercesor es Obatalá) Hacia ella huyeron los muertos a encontrar refugio y los vivos a protegerse -sedientos, resecos- de los rayos del sol. Iroko les confiaba el secreto que residía en sus raíces y así los hombres conocieron la enormidad de su ofensa, se humillaron ante Olorún y se purificaron a los pies de su protectora. Entonces se consuma el primer sacrificio y se buscan mensajeros para hacerlo llegar al dios implacable. El tomeguín, el pitirre y el cernícalo fracasan, uno tras otro, en ese intento. Entonces Ara-Kolé, el Aura Tiñosa, devoradora de cadáveres, se presta para realizar la empresa y volando incansable y serenamente durante días y noches sin cuento llegó por fin al otro lado del infinito. Una vez cruzada esa orilla voló todavía más lejos, depositando las ofrendas y suplicando clemencia ante los poderes supremos: “Cielo -dijo-: los hijos de la tierra le piden perdón. Saben que son tus esclavos. Desde lo más hondo de sus corazones imploran misericordia. Sálvalos, Señor.”

El cielo -después de oír esto- volvió sus ojos hacia la tierra,  contemplándola en la desnudez de su muerte. Y al ver que lo reverenciaban fervorosamente, aceptó las ofrendas y otorgó su perdón. Entonces las aguas se precipitaron desde el abismo en enormes cascadas sobre los polvos sedientos: un verdadero diluvio que estuvo a punto de ahogar a Ara-Kole en su viaje de regreso.

Cuando parecía que un nuevo desastre castigaba a la tierra, las aguas se recogieron en un gran lago. De ese modo Iroko salvó a las criaturas terrestres. La tierra bebió, calmó su sed, comenzó a engendrar de nuevo, a cubrir su amarilla desnudez con un verdor novísimo. Todo se renovó. Pero el ser humano ya nunca volvió a conocer la felicidad de su era paradisíaca. El cielo (Olodumare), se cansó de las ingratitudes del mundo que había creado y no le prestó, desde ese momento, mucha atención, afecto ni cuidado, sumiéndose en hondísima indiferencia ante las cosas del hombre. Y bien se sabe cómo ha sido la vida desde aquel entonces…

Este mito es riquísimo en sugerencias. Lo fundamental en él es, desde luego,  la explicación del origen del mal en el mundo y sus consecuencias para la condición humana. Pero a ese costado se agregan otros que aparecen en diversos sistemas mitológicos y religiosos. Ya hemos apuntado la referencia a la Santísima Trinidad. Además, encontramos alusiones a la rebelión del mundo contra Dios, al disfrute y luego la pérdida del paraíso terrenal, al diluvio universal , a la compasión última del Creador por su criatura, a la descendencia de toda la especie humana a partir de los tres hijos de un ser originario (el Noé del Antiguo Testamento, por ejemplo), a la confusión de las lenguas en una suerte de Torre de Babel, etc. Algunos de estos elementos pueden haberse tomado en forma más o menos pura del cristianismo, pero hay otros que poseen una raíz obviamente africana. Una muestra muy clara de esta última es la repetidísima historia de la Gran Sequía, del fuego devorador que convierte al mundo en un desierto (realidad geofísica frecuentísima en el África de ayer y de hoy). Además la presencia del tomeguín, el pitirre, el cernícalo, etc. indica la influencia criolla. La mitología lucumí se renueva sin cesar, como puede comprobarse comparando algunas de las versiones que circulan en la santería del exilio norteamericano con las de Cuba y con sus fuentes originarias del continente africano.

©️ngangamansa.com

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