Santería Los perros y los Orishas

Para hablar de los animales y muy en especial de los perros, nuestros ancestros africanos nos legaron sus ricas fábulas donde ellos gesticulan, hablan, se personifican y nos enseñan a ver, desde su óptica, toda una riqueza de fidelidad y lealtad, pocas veces alcanzada por nosotros en este plano Tierra.

Ahora, ensimismada en los recuerdos de nuestros amigos y conversando en nuestra imaginación con Yemayá, patrona del puerto de La Habana, ella nos cuenta cómo fue descubierta en el mercado cuando huía por haberle robado los secretos de la adivinación a Orula, su máximo representante, y cómo se escondía bajo un disfraz de pordiosera, vendiendo sus bollitos calientes, en grandes cestas, al ansioso pueblo de una tribu lejana donde Orula era respetado y querido.

Los perros, fieles guardianes de los secretos de sus amos, acompañaron al awó al mercado y todos sus amigos le señalaban a la persona que vendía las deliciosas frituritas tan gustadas por todos. Los perros, blancos como copos de algodón, jugueteaban a su alrededor; uno de ellos tenía un ojo negro, por el que no veía, y otro rojo, por el cual percibía a distancias tan largas, como larga es la vida de los orishas; el otro, blanco con manchas negras y carmelitas, tenía un rabo erecto, con flequitos que le conferían una sensibilidad para los acechantes peligros, y giraba, transmitiendo así sus mensajes a su dueño, Orula. Por lo tanto, mientras Yemayá vendía alegre sus frituritas, Tepe-Tepe y Billillo, que así se llamaban esos fieles amigos, la olfatearon, le ladraron y la acorralaron, descubriendo Orula a su ex mujer, la cual le había robado sus secretos. La instó a abandonar la tribu y ella, furiosa, montando en cólera, irritó a Tepe-Tepe y Billillo que gruñendo y desafiantes le enseñaban sus afilados colmillos. Viendo su derrota, se retiró, maldiciendo a los adyá de Orula. Pero Orula, sabio entre los sabios, vaticinó: El perro tiene cuatro patas y coge un solo camino.

Recorriendo el amplio mundo de nuestros mayores, invitándonos a la reflexión de los pattakíes de ese mundo imaginativo que han legado a nuestro pueblo, ellos nos cuentan cómo los árboles eran habitados por espíritus del bien y del mal. En los árboles frondosos, que tanto enriquecen al paisaje cubano, con su palma, habitáculo del orisha del fuego, de la virilidad, de los ilú bata. Changó; Iroko, la ceiba, donde toma descanso de sus faenas diarias el panteón de los orishas afrocubanos y sus ramas, agitándose hacia el infinito se recrean en sus propios misterios; el jagüey milenario, hundiéndose en nuestra fértil tierra; el álamo de poderosas virtudes; en todos ellos hay ojos que nos vigilan, en algunos casos nos protegen y en otros adquieren sentimientos humanos como en esta historia.

Había un cazador, Ochosi, que estaba dedicado a su trabajo. Solitario flechaba venados y pájaros y criaba aves de corral; en las sombras de un jagüey y en el remanso de un río, entre sus raíces, descansaba, jugando con pececillos que lo venían a saludar y que giraban a su alrededor, respirando con fuerza para aliviar, con sus chorritos de agua, el agotamiento de su gran amigo el cazador. En sus raíces vivía el alma de una bella joven, que susurraba a su oído palabras que lo reconfortaban.

Pero sus perros, dos bellos ejemplares de la raza criolla, gruñían, enseñaban sus colmillos y se erizaban. Eran Chá Chá y Kinkayá: uno blanco y el otro negro como el carbón. Y nos preguntamos,¿qué presentían? Esa bella mujer, que se llamaba Sanuné, se enamoró de Ochosi y decidió seguirlo hasta el mercado donde, con sus fieles amigos, vendía sus mercancías. Se le acercó y comenzó el juego de amor entre ellos; Ochosi quedó flechado, pero Chá Chá y Kinkayá, gruñían, se erizaban y estaban molestos.

Sanuné lo invitó a su ilé -su casa-, y Ochosi, embelesado, cogió su puñal. Ella, melosa, le dijo: «¿Para qué el puñal? No te hace falta». Alargó su mano hacia la escopeta, su compañera en las cacerías, y ella lo instó a que la dejara. Llamó a sus perros, Chá Chá y Kinkayá, que recelosos la miraban, y ella le dijo:«¡Qué horror! ¡No me gustan los perros!» Los encerró y trancó la puerta. Pero Ochosi, desconfiado pues algo le susurraba al oído que «un cazador no va al monte sin su cuchillo», se lo escondió debajo de la camisa.

Cuando se adentraron en el bosque, tan tupido que las ramas no dejaban entrar los rayos del sol, escuchó cómo los árboles se reían y la felicitaban; sus ramas entrechocaban y las hojas secas caían como gotas de agua de lluvia. A Ochosi se le enfrió el alma; comenzó a pensar que le habían tendido una trampa y quiso huir, pero cuatro grandes y viejos laureles le cerraron el camino y trataron de atraparlo entre sus troncos rugosos. Ochosi, acostumbrado a las emboscadas, logró encaramarse hasta el cogollo de una palma que recta e indiferente miraba todo. Trató de gritarle a sus fíeles Chá Chá y Kinkayá, pero no le salían las palabras. Desesperado y viendo cómo los árboles, al mandato de Sanuné lo cercaban, silbó y silbó hasta quedarse sin aliento. Los perros, al oír el desesperado llamado de su amo, rompieron las puertas y se lanzaron en su ayuda. Sanuné, al verlos, huyó despavorida y los árboles, para no ser bautizados por los perros, se quedaron tranquilos, extrañamente tranquilos.

Sanuné volvió a las raíces del jagüey y Ochosi, con sus fieles Chá Chá y Kinkayá volvió a su ilé. Moraleja: Al perro bobo no se le lleva a pasear. Los religiosos creen que los ojos de los perros poseen una virtud mágica mediante la cual intuyen cualquier peligro o maldad que le quieran hacer a su amo. Además de sus dos ojos, tienen otros dos más; esos dos ojos interiores se encienden con una luz verde propiciando la clarividencia. Los colmillos de los perros son verdaderos resguardos, sobre todo si son de perros que le han pertenecido a uno. Colgados en el cuello de un niño o de un adulto poseen las mismas propiedades que un azabache: libran del mal de ojo, y contrarrestan cualquier daño que se nos quiera hacer. La leche de la perra parida se frota en las encías de los bebitos facilitando la dentición. Cuando el perro lame las heridas o arañazos de su amo, las cura y cicatriza pues el perro es el acompañante de Babalú Ayé, el San Lázaro de los católicos, tan milagroso si sabemos cumplimentar las promesas hechas a él pues si no, agacha la cabeza, mira de reojo y nunca nos complacerá. El rabo de un perro blanco detrás de la puerta desvía todo lo malo que pudiera entrar en la casa y sirve para alejar también a individuos inoportunos e indeseables. Los más fíeles guardianes son los que se le han dedicado a Babalú Ayé, pues protegen no sólo a su amo sino también a todo aquel que le rodea.

Hablamos de Babalú Ayé y nos adentramos en el mágico mundo de los oddún del diloggún (el caracol). Uno de ellos es metanlá y en él Babalú Ayé fue maldito por los awós del pueblo. Se los voy a contar tal y como me lo contaron mis mayores.

Babalú Ayé se vanagloriaba de su popularidad entre las mujeres de una tribu cercana al reino de Dahomey, colindante con Nigeria, el país de los yorubas, y no hacía caso de los awós que lo consideraban un libertino. Era un hombre corpulento, de facciones finas, simpático, bailador, en fin el primero en la fiesta. Pero las mujeres de las cuales él se burlaba prometiéndoles casamiento se fueron a quejar de su conducta al Consejo de Ancianos. Los awós decidieron hablar con él y poner fin a ese comportamiento. Le fijaron un día en el cual no podía cohabitar con mujer alguna, so pena de grandes desgracias; pero él que era como era, no les hizo caso y los mayores decidieron llamarlo a contar. Esa mañana, después de un sueño tranquilo, se levantó y se presentó ante el Consejo donde los awós lo condenaron al exilio, sin darse cuenta de que su cuerpo se había contrahecho y llagado de una forma terrible. Ya era demasiado tarde para remediarlo. Pidió clemencia, pero los viejos le cosieron la boca con 13 cauris o caracoles, para que no hablara más y lo expulsaron del reino.

Elegguá, dueño de los caminos, se compadeció de él, se le acercó, y lo invitó a ver a Orula para que el sabio entre los sabios le vaticinara su futuro. Baba se dejó llevar de la mano. Cuando Orula lo vio en la puerta, le dio asco y no quiso recibirlo, pero Elegguá lo convenció. Al tirarle el ékuele, Orula le vaticinó que sería rey después de un tiempo y que su nombre sería respetado y querido por todos; Babalú, agachando su cabeza, lloró. Pero Elegguá, que todo lo compone cuando quiere, le dijo: «Hombre, no te entristezcas, ya verás cómo resolvemos este asunto». Se adentraron en la manigua y fueron a ver a Oggún, dueño de los minerales. Elegguá le pidió sus dos perros, para que acompañaran al enfermo y los bendijo; deseándoles suerte. Muy apesadumbrado se marchó nuestro Babalú, con sus dos perros, sus llagas y su cuerpo maltrecho, entristecido por su desobediencia. Cruzó montes y ríos caudalosos, y mientras caminaba sin parar iba depurando su falta hacia los mayores. Sus fieles perros no sólo le daban palabras de aliento, pues en ese tiempo los perros hablaban, sino que, con sus lenguas, le aliviaban el dolor de las llagas.

Un día, en una encrucijada, se encontró con su hermano Changó; este, asombrado de aquel extraño que lo saludaba con respeto pero con aquel aspecto tan contrahecho, tardó algunos minutos en reconocerlo. Se abrazaron y lloraron juntos, contándole Babalú lo que había pasado. Changó decidió cumplir con los vaticinios de Orula, lo limpió en el río, y mientras le hacía ebbó, le cantaba con dulzura una melodiosa invocación a Olofi. Este, desde su reino en las copas de las ceibas que crecían esplendorosas en las orillas del río, escuchó y se deleitó por tan bella invocación y le puso a Changó en su boca su vaticinio: «Babalú Ayé, serás Obbá de la tierra Arará». Se despidieron , y Baba más calmado y en compañía de sus perros, siguió su peregrinaje. Sufrieron tempestades, tormentas y el sol que los abrasaba, hasta que una noche, perdido, cansado y fatigado por un viaje sin regreso, se vio ante un temblor de tierra. Las venas de la tierra seca se abrieron; se formaron turbonadas, y la lluvia cayó torrencialmente. Babalú pensó: «Llegó el final, por fin descansaré», y mientras elevaba sus ojos al cielo encapotado, sintió cómo su cuerpo y el de sus fieles perros se iban enderezando; estaba más liviano y en sus pies se abrió un cráter por donde se fueron sus llagas y sus males.

Cuando amaneció, encontró postrado a sus pies a un pueblo que lo saludaba y lo bendecía; era el pueblo de los ararás, el cual esperaba un rey que vendría con las tempestades. En medio del júbilo de este pueblo, y rodeado siempre de sus fíeles adyá Babalú reinó con el nombre de Asoyi. To iban echu…( Todo está bien; que nunca sea alterada la paz )

Nuestros perros adyá, son tan afectuosos, son tan fieles que perciben los buenos y los malos pensamientos que los hombres abrigan contra ellos. Según esto, serán hostiles o benévolos… y nunca se equivocan. Cuando usted ve que su perro ladra sin motivo, son los malos espíritus que lo rodean o que a veces están con usted.

Los perros aparecen en fábulas e historias, desde hace miles de años. Son representados en todas las manifestaciones artísticas y, ¿cuántos de ellos no le han dado a su dueño la felicidad y la fortuna? Pongamos un ejemplo: son personajes de la charada de la China, la India, la Americana, la Cubana, la Hindú y la de Matanzas. Cuando alguien sueña con ellos, apunta al terminal 15; 528 (perro chico), 512 (perro grande) o 571 (perro mediano) y seguro la suerte lo acompañará.

Para terminar de hablar de nuestros fíeles amigos, cuando ellos se nos mueren, debemos enterrarlos en nuestro jardín o en el terreno más próximo a nuestra casa, pues, después de muertos, son los máximos defensores de los que los amamos en vida: los hombres.

Así que, de una forma u otra, rindamos el merecido homenaje a los adyá y digámosles: Fibale…To iban echu (Saludo a los mayores …Todo muy bien, guárdelo en la memoria.

©️ngangamansa.com

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