Santería el mensajero de los dioses Echu- Elegbara

Santería el mensajero de los dioses Echu- Elegbara

Echú, Obatalá y Orúnmila son los orichas más conocidos y reverenciados en Yoruba. Aunque en parte el culto a Echú se debe al temor que inspira su malevolencia, es innegable que en todos los creyentes este dios despierta honda admiración. Todos reconocen su gran poder y la rapidez de su acción que, unidos al don de ubicuidad que posee, lo hacen un dios sumamente peligroso y eficaz.

Dioses con características semejantes a las de Echú son frecuentes en los panteones del África ecuatorial occidental. En Dahomey, por ejemplo, Echú es un dios muy importante al que se conoce con el nombre de Legba.

Se han hecho muchas interpretaciones etimológicas del nombre Echú. Parece derivarse de la palabra chu (tirar evacuar); chu también quiere decir «ser o convertirse en oscuro». Para muchos autores el nombre Echú vendría a significar «el oscuro» o «la oscuridad». Generalmente los autores que opinan así creen que el nombre del dios hace referencia a su supuesto carácter diabólico.

El nombre específico del dios, Elegbara o Elegba se supone que significa «el que salva» o «el que agarra» o «el que golpea con un palo». Este dios siempre lleva un palo con el que golpea a sus enemigos.

Muchos autores consideran a Echú una especie de diablo africano, S. S. Farrow dice que Echú es el diablo, el príncipe de la oscuridad. Samuel Johnson también lo considera la personificación de la maldad, un verdadero Satán. Echú vendría a ser la negación de Olodumare, el principio negativo opuesto esencialmente al Dios Supremo. Muchos de estos autores eran misioneros cristianos, quienes creyeron descubrir en este dios, al diablo de los Yoruba. E. Bolaji Idowu , aunque también es un sacerdote cristiano, dice que la identificación de Echú con el diablo cristiano no es adecuada. El no cree que a Echú le temen los hombres y las divinidades porque es el diablo, sino «porque en virtud del cargo que desempeña tiene el poder de vida o muerte sobre ellos ya que la prosperidad o la calamidad dependen de los reportes que sobre ellos lleve Echú a Olodumare». En otras palabras, Echú es el mensajero de la Deidad y por ello, el destino de los dioses y de los hombres puede ser controlado por él.

Echú es una especie de inspector general de Olodumare, es el dios que se ocupa de informar a la Deidad de lo que ocurre en el mundo y de lo que hacen los hombres. Es el encargado de inspeccionar el culto y los sacrificios y ver que se hagan en forma correcta.

Echú, por tanto, no es un poder maligno opuesto a la Deidad Creadora, por el contrario, es uno de los colaboradores más eficaces con que cuenta Olodumare. Lo que sucede es que Echú es un dios lleno de contradicciones, es una divinidad maliciosa a quien parecen divertir las múltiples maldades de que hace víctima a los dioses y a los hombres. Echú no es esencialmente malo. Dice Geoffrey Parrinder B, que «Echú es demoníaco pero no diabólico».

Echú es un pícaro, un tramposo, un personaje peligroso, pero no total y absolutamente perverso. Este «dios de las travesuras» se complace en crear situaciones comprometidas, enemistando a los hombres y entorpeciendo sus acciones.

Echú es una divinidad indispensable, sin él nada es posible y con su favor las empresas más difíciles se resuelven satisfactoriamente. Por eso, todos tratan de propiciarlo aunque complacerlo es muy difícil porque Echú es esquivo, caprichoso y tramposo. Se dice que tiene doscientos nombres distintos y por ello es elusivo, engañoso y versátil. Los Yoruba lo llaman «El indulgente niño del cielo», «Aquel cuya grandeza se manifiesta en todas partes», «El que se rompe en mil fragmentos y no puede recomponérsele».

Echú es cruel, generoso, inesperado, rápido, poderoso, traicionero y caprichoso como el azar, como el destino del hombre. Muchos de los estudiosos de la religión afrocubana opinan que Echú es la personificación del azar, de la suerte. Los tratados sobre la religión Yoruba no exponen esta tesis. Sin embargo, Paúl Mercier refiriéndose a Legba, el Echú dahomeyano, coincide con la apreciación de los autores cubanos. Dice Mercier que Legba «introduce en el destino el elemento de casualidad o suerte». También dice “,«cada individuo tiene un Legba, como tiene un destino, y debe propiciárselo para que no se haga peor su destino».

Echú es el guardián de los templos, de las ciudades, de las casas. Es en esta función, de dios tutelar, en la que sus servicios son más apreciados. A pesar de su enorme peligrosidad es muy frecuente encontrar capillas dedicadas a Echú en las entradas de las ciudades. Echú es un buen guardián y de atendérsele con esmero protegerá con celo y eficacia las casas y ciudades donde se le encomienda esa función. Solamente dejará pasar las buenas influencias y cerrará el paso a la muerte y a las desgracias.

Echú juega un papel importantísimo en la adivinación. Según el mito fue él quien enseñó a Orúnmila el sistema de adivinación usando los coquitos de la palma. Existe una gran relación entre Orúnmila y Echú. Al primero, como dios de la sabiduría le es permitido saber los deseos de la Deidad que comunica a los hombres a través del oráculo. Cuando los consejos de Orúnmila son desatendidos, es Echú el encargado de castigar al trasgresor. A cambio del servicio que Echú presta a Orúnmila, éste lo alimenta. Cuando Echú no está satisfecho con la paga que recibe, se dedica a entorpecer los trabajos de Orúnmila.

Dice el mito que un día los dioses fueron a quejarse de Orúnmila ante Olodumare. La Deidad escuchó sus quejas y luego llamó a Echú. Este se puso incondicionalmente de parte de Orúnmila y la Deidad lo exoneró de los cargos que le hacían los demás dioses.

La mayor parte de los mitos sobre este dios corroboran las cualidades ya apuntadas de su carácter: su maliciosidad y su crueldad. En ellos Echú se manifiesta como un pícaro. Según uno de estos mitos:

Había una vez un hombre que tenía dos esposas. A las dos las quería y atendía muchísimo y los tres llevaban una vida armoniosa y feliz. Esa familia era considerada por todos los que los conocían como un ejemplo de felicidad conyugal.

Echú enterado de esto, se disgustó muchísimo. Enseguida se dispuso a acabar con la armonía que reinaba en ese hogar.

Al día siguiente se disfrazó de comerciante y se fue al mercado. Cuando una de las esposas, en sus compras diarias pasó frente al puesto de Echú, éste la llamó y le enseñó un sombrero precioso que había confeccionado.

‘¡Qué sombrero más lindo!’ —dijo la mujer— ‘Lo compraré y se lo llevaré de regalo a mi esposo’.

Cuando llegó a su casa se lo regaló a su esposo quien gratamente sorprendido, imprudentemente le dijo delante de la otra esposa:

‘Este es el mejor regalo que he recibido en toda mi vida’.

La segunda esposa se sintió algo ofendida y un poco celosa. Al otro día fue al mercado donde se encontró con Echú quien le ofreció un sombrero aún más hermoso que el anterior. La segunda esposa complacida se lo llevó a su esposo de regalo quien exclamó:

‘Este sombrero es aún más bello que el que recibí ayer. Estoy encantado con él’.

De esa manera, cada día una de las esposas iba al mercado y compraba un sombrero nuevo que superaba en belleza y calidad el que el día anterior había comprado la otra esposa. La rivalidad entre las dos esposas estaba llegando a su clímax cuando Echú decidió desaparecer. La esposa a quien le tocaba ir al mercado el día en que Echú se ausentó se sintió muy desgraciada al no poder llevar a su marido un regalo que superara al que había recibido de su rival el día anterior. Cuando la esposa llegó a la casa estaba tan frustrada y enfadada, que la catástrofe tan deseada por Echú no tardó en producirse.

En otros mitos aparece Echú más maquiavélico:

Había una vez un rey quien desde hacía unos años se encontraba separado de su reina. El rey apenas hacía caso de su esposa legítima y ésta, despreciada y abandonada, sufría enormemente alejada de la corte. Echú se presento ante la reina y le dijo:

‘Consígueme un mechoncito de pelo de tu esposo y verás como todas las cosas se arreglan entre ustedes. Te voy a preparar un hechizo tan fuerte que el rey sólo vivirá para complacerte’.

La reina encantada con la propuesta de Echú cogió el cuchillo que éste le ofrecía y se dispuso a esperar la llegada de la noche para cortarle el mechón de pelo al rey mientras dormía.

Echú entonces se fue a visitar al príncipe heredero, quien vivía en un palacio cercano, y le dijo:

‘Tu padre se va mañana a la guerra y desea que vayas a verlo esta noche en compañía de tus soldados’.

Seguidamente Echú se presentó al rey y le dijo:

‘Tu esposa está muy celosa, se está volviendo loca. Esta noche va a tratar de matarte’.

El rey agradecido se acostó temprano esa noche y fingió dormir. Al poco rato llegó la esposa con el cuchillo en la mano y el rey convencido de que venía a matarlo, trató de desarmarla.

En ese mismo momento llegó el príncipe heredero con sus soldados y al ver a su padre forcejeando con su madre pensó que estaba tratando de matarla.

El rey, por su parte, al ver llegar a su heredero acompañado por fuerte escolta, pensó que su esposa e hijo eran parte de un complot para asesinarlo. Entonces el rey llamó a sus soldados y tuvo lugar una verdadera masacre.

Si el feliz esposo y el poderoso rey hubieran atendido a Echú como éste se merece y exige, ninguna de esas catástrofes hubieran ocurrido. . .

El poder de Echú es tal, que todas las divinidades le temen y respetan. Se dice que una vez el vanidoso y poderoso Changó, dios del trueno, se jactaba de que no había ningún oricha a quien él no pudiera vencer. Echú enseguida le dijo desafiante: “¿También te refieres a mí?» Inmediatamente Changó le dijo justificándose: «Sabes que no estás incluido en ese reto».

Frecuentemente se dice Echú ota oricha (Echú es el adversario de las divinidades). Esta expresión se hace eco del tremendo poder que sobre los demás dioses tiene Echú. Debido a que este dios es una divinidad andariega, sus capillas se encuentran en los lugares más diversos: en las encrucijadas de los caminos, en la entrada de los pueblos, cerca de las puertas de las casas, en todos los sitios.

Comúnmente se le representa por medio de una plancha de piedra clavada en la tierra en posición inclinada. Otras veces se le representa por medio de una imagen antropomórfica hecha en barro o en madera. Muchas veces estas imágenes tienen un cuchillo en una mano y un palo en la otra. Con frecuencia aparece el dios desnudo, sentado sobre sus pies con las rodillas flexionadas y los brazos cruzados. A menudo, se utiliza como símbolo de este dios, una olla de barro colocada boca abajo y con un hoyo en el medio.

Su collar está hecho de cuentas rojas y negras. Por ser el mensajero de los dioses y por su malevolencia, Echú debe ser propiciado y debe recibir su ofrenda antes que los demás dioses. El participa de todas las ofrendas. Es decir, cada vez que se hace un sacrificio a cualquier dios, parte de la ofrenda debe ser separada primero y después de ofrecérsela, se puede dar de comer a los demás dioses. Echú es uno de los pocos dioses a quienes se le propiciaba con sacrificios humanos. Generalmente se le sacrifican gallos, chivos machos, perros, ovejas y aceite de palma.

El estudio de este dios parece indicar que no es como han dicho muchos autores, un poder negativo y perverso opuesto absoluta y esencialmente a los designios de la Deidad. El dualismo bondad-maldad, es completamente desconocido en el pensamiento ético y teológico Yoruba. Echú es un poder amoral que por su carácter caprichoso y cruel gusta de causar grandes desgracias y tragedias. Es un dios vengativo, siempre dispuesto a destrozar a cualquiera que le ofenda, pero el gran poder y eficacia de Echú puede ser utilizado también con fines defensivos. Echú es un poder salvaje, no domesticado, al que se le teme y respeta debido a su volubilidad y malevolencia, pero al que se trata de propiciar por su fuerza y eficacia. Dice Geoffrey Parrinder que la imagen de Echú que se coloca en la entrada de los pueblos y de las casas parece tener la misma función que la de un perro salvaje, de quien se espera no muerda la mano que lo alimenta y proteja a los que lo cuidan.

Echú es generoso y cruel, poderoso y caprichoso, imprevisible como el azar.

Patakí de Elegguá en Osatura

En este camino, Obatalá tema un hijo desobediente y descreído llamado Nifa Funke, que le daba muchos dolores de cabeza. Desde su escondite en las malezas, Elegguá veía como Nifa maltrataba a su padre de palabra y de obra, y decidió darle un escarmiento.

Un día en que Nifa Funke habla corrido una distancia larga y estaba muy sudado, se arrimó a un árbol para refrescarse con su sombra. Elegguá sacudió el árbol, del que cayeron muchas hojas y polvo, enfermando a Nifa. Obatalá, desesperado, comenzó a llamar en su ayuda a Elegguá.

Oggún, que venia por el camino llevando tres cuchillos, al ver a Obatalá desesperado, le rindió Moforibale y le preguntó qué pasaba. Al enterarse, Oggún enseguida llevó a Nifa al río, lo bañó con yerbas y lo restregó con el achó fun fun de su padre. Pero no obstante haberle hecho ebbó, le dijo que debía ir a consultar con Orula. Elegguá, que seguía escondido escuchando, decidió cerrarle todos los caminos. Oggún, Obatalá y su hijo se desconcertaron al no encontrar el camino.

Oggún encontró tres pollones y muy astutamente, fingió comerlos. Elegguá, glotón al fin, saltó sobre Oggún, le quitó las aves y se las comió. En ese momento, llegó Obatalá y Elegguá, al verlo, se inclinó a sus pies y le rindió Moforibale, diciéndole: “Yo voy a salvar a tu hijo, Baba”.

Mandó a regresar al atribulado padre y salió rumbo al ilé de Orula. Cuando llegó, se escondió y Nifa Funke se pudo consultar por fin con Orula. Este, al tirarle el ékuele, le ordenó limpiarse con tres pollones y yerbas y entregárselos a Elegguá, pues éste lo salvaría de todas sus malas situaciones; respetar al padre y contentar siempre a Elegguá, quien abre y cierra los caminos de los destinos de hombres y orishas y por eso come antes que todos y debe dársele la sangre de los pollones.

Patakí de Elegguá-Echu

Elegguá era hijo de Okuboro, rey de Añagui. Un día, siendo un muchachón, andaba con su séquito y vio una luz brillante con tres ojos que estaba en el suelo. Al acercarse vio que era un coco seco. Elegguá se lo llevó al palacio, le contó a sus padres lo que había visto y tiró el obi detrás de una puerta. Poco después todos se quedaron asombrados al ver la luz que salía del obi. Tres días más tarde, Elegguá murió. Todo el mundo le cogió mucho respeto al obi, que seguía brillando, pero con el tiempo, la gente se olvidó de él. Así fue como el pueblo llegó a verse en una situación desesperada ycuando se reunieron los arubbó, llegaron a la conclusión de que la causa estaba en el abandono del obi.

Este, en efecto, se hallaba vacío y comido por los bichos. Los viejos acordaron hacer algo sólido y perdurable y pensaron en colocar una piedra de santo (ota) en el lugar del obi, detrás de la puerta. Fue el origen del nacimiento de Elegguá como orisha. Por eso se dice: “Ikú lobi ocha. El muerto parió al santo”.

Cuba

En Cuba esta deidad es la que abre y cierra las puertas del destino, sus colores son el rojo y el negro y trabaja con tabaco, aguardiente, jutía y pescado ahumados, maíz tostado y un garabato preferentemente de guayabo. Se le representa indistintamente por un niño o un viejo y, cuando posee a un creyente, agita su mano como si blandiera un garabato, salta en un solo pie y hace travesuras.

Se le ofrendan chivitos, pollones, caramelos, dulces y todo tipo de golosinas.

Se le sincretiza con San Antonio de Padua, el Santo Niño de Atocha y el Anima Sola, según el camino o avalar. Su fiesta se celebra el 13 de junio.

En la Regla Kimbisa del Santo Cristo del Buen Viaje es Sarabanda y en él se reúnen Elegguá, Oggún y Ochosi; en la mayombería es Enkuyo o Lucero; para los brillumberos es Mañunga, sincretizado con el Anima Sola, y Lubamba, con San Antonio de Padua. En la Sociedad Secreta Abakuá es Obiná, sincretizado con el Anima Sola. En otras potencias de esta misma sociedad se le conoce por Efisá y se le sincretiza con San Juan y San Pedro.

En el culto Arará es Tocoyo Yohó, Makeno Ogguiri, Elú y Kenene. Para los mandinga es Geguá; en el Cabildo lyesá es Elegbara y en el Ganga es Gewá.

Haití

En Haití se le conoce como Legbá y Legbá Petró (Maître Carrefour) y se le sincretiza con San Pedro, San Antonio Abad, San Antonio el Ermitaño y Satanás. En el norte del país se le representa por un viejo atractivo con una larga barba. Sus colores son el negro y el amarillo y lleva pañuelos de diferentes colores amarrados al cuerpo; Simbipetro: quien se sincretiza con San Antonio el Ermitaño y San Pedro; Saint-Pierre y Papa Pié.

Su fiesta se celebra, indistintamente, el 17 de enero, el 10 de mayo y el 29 de junio.

A pesar de todo lo dicho anteriormente, algunos investigadores atribuyen características que lo acercan a Babalú Aye.

Santo Domingo

En Santo Domingo se le llama Legbá y se sincretiza con San Lázaro, San Carlos Borromeo, San Pedro, San Antonio Abad, San Antonio el Ermitaño y Satanás. Es el séptimo y último hijo de Mawú y se le considera el dios de las puertas, el poseedor del mundo espiritual y el guardián de las encrucijadas y caminos. Su fiesta se celebra, indistintamente, el 4 de noviembre, el 17 de enero, el 10 de mayo, el 29 de junio y el 17 de diciembre.

Changó Cult de Trinidad Tobago

Para los pertenecientes a este rito religioso es Eshu, el cual se sincretiza con Satanás, Ezequiel, Gabriel, Saint-Jephat, La Divina Pastora, Santa Luisa, Santa Lucia y San Expedito.

Participa igualmente en actividades maléficas y benéficas, pero de todas formas, conviene mantener buenas relaciones con él Su fiesta se celebra el 17 de enero y el 19 de abril.

Brasil

En el panteón afrobrasilero se le conoce como Exu y es considerado, al igual que en Cuba, un orixa de primera importancia. Exu, llamado de forma familiar “o compadre”, es de carácter irritable: antes de comenzar cualquier rito hay que rendirle tributo para que la ceremonia se desarrolle sin ninguna dificultad. Bromista, juguetón y amigo de hacer trampas, es el perpetuo símbolo de las travesuras de la niñez. También, a veces, se le identifica con el diablo.

Es adorado de igual forma en los Candomblés de Bahía y en la Macumba de Río de Janeiro y Sao Paulo, que comienzan con la invocación a tan juguetón e imprescindible orixa, Señor de los Caminos. Su representación tangible es un amasijo de tierra colorada de forma cónica, untado de aceite de dendé con ojos hechos de cauris, en cuya parte superior se hunden lanzas, picos y flechas.

Baila empuñando una lanza y usa collares de cuentas negras y rojas alternas, salpicados de cuentas azules.

Exu representa el principio de expansión de todo lo que existe; fue la primera forma que surgió en el mundo, el primer individuo o Pai Ancestral (Exu Yangi, Exu Obá) y sin él la vida no se desenvolvería. Según Edison Carneiro en su obra Candomblés da Bahía, “…es un criado de los orixas y un intermediario entre hombres y orixas”. Cuando los oficiantes, para aplacarlo, le sacrifican un animal, le dan a comer la sangre o depositan en el centro del templo una copa de agua y un plato de comida, con un coro alrededor formado por las hijas de este santo o por las que fueron designadas para oficiar en la ceremonia.

Sus manifestaciones son Agbá Exu, el más viejo de todos, quien acompañó a Oduduá en la creación del mundo; Exu Yangi, o primer hijo del Universo; Exu Ijelu, quien representa al fruto de la tierra; Exu Lalú, “el que ve”; Exu Iná, asociado al fuego, representante de la fuerza y del aché; Exu Elebó o Eleru, señor de las ofrendas; Exu l’Oná, guardián de las puertas; Exu Odára, el que propicia el bienestar, la comida y la bebida; Exu Olobe, señor de cuchillo y sacrificios; Exu Enugbarijo, el que trae las respuestas; Akesan, el que habla por los caracoles y, también, Meleke, Ajona, Laguna, Laroyé y Sigidi. En general, se le sincretiza con San Pedro, San Antonio Abad y San Antonio el Ermitaño. Sus colores son el rojo y el negro, y su fiesta se celebra, indistintamente, el 29 de junio, el 17 de enero y el 10 de mayo.

©️ngangamansa.com

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