Tabúes tradicionales entre los bantú

Tabues tradicionales entre los bantu

Escondida en la floresta brota una fuente y se remansa cristalina como dulce invitación al caminante. Sus aguas abastecerían a toda una ciudad. Bullen en su seno centenares de peces de varias especies y tamaños.

Pero pocos serán los negros que se acerquen por curiosidad a contemplar la maravilla y nadie el que se atreva a profanarla para apagar su sed o pescar su riqueza.

Es la fuente de Mami Wata, especie de sirena que tiene allí su reino. Una leyenda legada por los antepasados. Nadie puede perturbar su reposo. Es un tabú. Intentar pescar allí sería ya un pecado. No lograría ni un solo pez y se expondría a las iras y castigos de Mami Wata.

¿Algo arbitrario?

Los antepasados no fueron idiotas. Hay que procurar a los peces un reino tranquilo y seguro para su reproducción y a los descendientes una fuente perenne de subsistencia.

En tal clan o linaje es tabú comer la gallina de Guinea. Parece que una vez los subalternos conspiraron contra su jefe. Abortado el complot, el jefe los persiguió para matarlos y quemarlos. Los fugitivos encuentran refugio en una gruta natural. Las gallinas salvajes salieron oportunamente de la sabana en busca de alimento y escarbando y picoteando borraron las huellas de los culpables, que así salvaron su vida. En gratitud, la carne de la gallina pintada es tabú en el clan.

La madre africana está sobre el candelero. Ella es la vida, la fuente de la fecundidad. Su vocación y razón de ser es dar la vida y protegerla como fiel guardián. Por eso la mujer encinta se somete gustosa a infinitas prescripciones, para proteger la frágil vida que lleva en su seno: no puede derramar sangre ni degollar un animal. En otras partes, ni comer huevos, carne de gallina, de conejo o de mono. Todo para que el hijo no se asimile a la figura de estos familiares animalejos.

Los iniciados son seres consagrados, reservados a la divinidad, a quienes se les debe todo respeto y sacro temor. Están también protegidos por múltiples tabúes. Tocar su cabeza, maltratarlos, llamarlos por su antiguo nombre… sería profanarlos, faltar al genio que los posee. Sería olvidar su consagración y tratarlos como seres ordinarios. ¿Quién puede reírse del poder del genio a quien pertenecen o profanar el mundo religioso en que viven?

Otro mundo cercado por múltiples tabúes es el de los espíritus y el de los muertos. Son ellos los que rigen las fuerzas de la naturaleza. Y entra en juego nuestro máximo interés por tenerlos propicios y no irritarlos contra los humanos. Así es tabú silbar en la noche, para no turbarlos. Es tabú arrojar aguas sucias o basuras por la noche. Podrías alcanzar a alguno de ellos que yerran por la propiedad… Una falta de respeto o desprecio provocaría su cólera.

Fuente de paz y armonía

En África los tabúes son numerosos y difíciles de precisar. Persisten hoy en día, a pesar de la rápida evolución de la vida moderna. No podemos quedarnos en su corteza. Hay que penetrar su sentido profundo. Detrás de cada uno se esconde toda una mentalidad y concepción de la vida. Son el signo distintivo o mote de cada linaje: «Dime cuál es tu tabú, y te diré de qué familia eres». Son una rica herencia de los antepasados en beneficio de sus descendientes, para vivir en paz consigo mismo, con los semejantes, con el mundo invisible.

La más hermosa herencia del alma africana es precisamente la armonía, el equilibrio entre todos los elementos del universo, como hemos visto. Su mayor preocupación es mantener esta armonía:

Entre todos los elementos naturales.

Entre el grupo social y el medio ambiente.

Entre los vivos y los muertos.

Entre los seres visibles e invisibles.

Entre hombres y mujeres, entre jóvenes y ancianos.

En las relaciones del grupo, de la familia, del clan o de la aldea, hay un orden establecido, hay una jerarquía, un sentido de autoridad y dependencia. Si cada uno guarda su puesto y cumple las consignas recibidas, la vida sigue su ritmo normal y se desarrolla en paz y beneficio de todos.

Este es el fin que pretenden los tabúes. Respetar a la persona humana, proteger este orden y armonía, supremo valor de la sociedad bantú. Los tabúes son los semáforos rojos del tráfico normal humano.

Y la mejor garantía de buen entendimiento con el mundo invisible. Si el universo está regido por fuerzas invisibles y sacras, es normal que el hombre bantú, religioso hasta en los gestos más familiares, trate de conciliarse esas fuerzas misteriosas. Someterse a los tabúes es granjearse el favor de los muertos y evitar la cólera de los genios invisibles que nos cercan.

En esta perspectiva socio-religiosa se han educado centenares de generaciones bantúes. Han descubierto y venerado el sentido de solidaridad, de pertenencia al grupo, al clan, al poblado. Y han aprendido a practicar el bien y evitar el mal. ¿Quién no ve valores positivos en esta reglamentación de prohibiciones por exóticas que nos parezcan? Los tabúes serían el arte de vivir en armonía, en paz y comunión con todos los seres.

Infracciones y expiación

Pero no pensemos que el negro bantú es de una condición humana diferente. Hay infracciones. Y aunque sean involuntarias, las fuerzas se alteran y el equilibrio se rompe. La cólera de los antepasados se desencadena y la desgracia alcanza a toda la familia, a todo el clan y hasta a una región entera.

Un caso real. Estamos en plena estación de lluvias. Hombres y mujeres confían alegres a la madre tierra las semillas de cacahuetes, legumbres o esquejes de mandioca. Tendremos una gran cosecha, cantan los labradores.

Pero inesperadamente cesaron las lluvias. Languidecen y mueren las plantas y la esperanza se desvanece. La sequía está allí, con su cortejo fúnebre de sed, epidemias y muertes.

-Si no rompemos esta cadena de desgracias, moriremos todos, unos tras otros. Hay que buscar la causa y ponerle remedio urgente. Consultas al adivino que pone todas sus técnicas en acción, para penetrar el misterio. Y la respuesta llega brutal e inesperada:

-Gentes de los nuestros han tenido relaciones sexuales en plena sabana, sobre la tierra desnuda.

Un tabú grave ha sido violado. Los antepasados se han encolerizado y los genios de la tierra están ofendidos. La sentencia se clava como un puñal:

-Nuestras desgracias no cesarán hasta que los culpables sean castigados, la ofensa reparada y la mancha purificada.

El consejo de ancianos delibera:

-Todos somos responsables. Todos somos solidarios en nuestros males. Todos debemos colaborar para reparar la ofensa, buscando corderos, cabras o gallinas para el sacrificio y participando en las ceremonias de purificación.

Así se cumplió. Se abrieron los cielos, cesó la sequía y la vida recomenzó con nueva pujanza en toda la región.

Aunque los ritos de expiación varían según las etnias, hay todo un proceso de purificación con tres momentos claves, que se cumplen siempre con escrupulosa religiosidad.

Primero es la confesión pública de la falta. Al amanecer, el reconocido culpable es conducido ante el Jefe del clan rodeado de los notables y allí humildemente confiesa sus faltas con todos los detalles circunstanciales de la desobediencia a los antepasados.

El segundo momento es el sacrificio. Se inmola el cordero o el animal expiatorio. Es la forma sellada con sangre, de reconocer la sumisión y dependencia de sus protectores.

Y finalmente el momento cumbre de la purificación: el baño sagrado. El culpable es lavado con agua sacral y sangre del cordero inmolado. Sus faltas quedan borradas, lavada la mancha y es reintegrado plenamente al grupo familiar. Sangre, agua y fuego, elementos bíblicos de purificación.

Pero ¿qué piensa el africano de hoy sobre los tabúes? ¿Tienen algún sentido en la sociedad africana moderna? ¿O son más bien un obstáculo a su desarrollo y progreso?

Evidentemente hay mucho de capricho en esta reglamentación minuciosa. Y muchas normas tradicionales van cayendo en desuso, desgastadas por el simple roce de la evolución socio-cultural. El círculo cerrado de la aldea se ha roto y hay que salir fuera del clan por imperativos de estudios, de trabajo, de convivencia o de comodidad.

El mundo africano se desarrolla rápidamente y no es el mismo que el de los antepasados. Si los tabúes eran una protección del bien común, un arte de vivir en una época y lugar concretos, hoy no resuelven muchos problemas y pueden crear otros nuevos:

«Cuando el tam-tam cambia de ritmo, el paso de danza tiene que adaptarse». Y el ritmo del tam-tam ha cambiado. Y el ritmo de la vida africana también. Muchos africanos hoy saben que la enfermedad no es efecto de la cólera de lo antepasados, despechados por la violación de un tabú, sino la resultante de una causa biológica. Que la mala cosecha obedece a factores naturales… La técnica resuelve muchos problemas que ayer eran oscuro misterio. Muchos tabúes perdieron su objetivo. ¿Cuál es el nuevo paso que marca el viejo son de los tabúes…?

Pero hay más. Amén del cambio del ritmo vital africano, hay una nueva concepción de la moralidad y la con- ciencia. Muchos no aceptan ya que una falta inconsciente e involuntaria pueda comprometer la libertad humana.

Ni que el miedo al castigo baste para una buena educación de la conciencia personal…

¿Habrá que tirar todo lo tradicional por la borda, en nombre de la civilización técnica y dejar su recuerdo como mero folklore?

Varios de los tabúes fueron fruto del egoísmo de los antepasados o abuso de su pretendida superioridad en el clan. Prohíben a la mujer subir a determinado árbol o comer sus frutos, como el nsafu, bajo pena de esterilidad, para reservárselo para ellos. La amenazan con maldiciones, para mantenerla bajo su obediencia y dominio. Siendo el varón el jefe de la casa, del clan, se reservaba la carne mejor y más deliciosa y automáticamente se la prohibía a las mujeres, que no tenían nada que decir dada su situación social inferior..

Encerrarse en los tabúes de su clan o de su etnia, puede estrechar los lazos del grupo y forjar su unidad. Pero puede también replegarlo sobre sí mismo, con el desconocimiento o desprecio de los otros y asfixiar así su vitalidad.

Ser fieles a la herencia ancestral no es reproducir simplemente las costumbres, prescripciones y tabúes de los antepasados. Vivir y obrar como ellos. Volver a un clima de miedo y servidumbres. A una religión meticulosa que calcula el mérito y el castigo de cada acto.

La autenticidad africana legítima no puede limitarse a copiar el pasado, sino a descubrir su espíritu y encarnarlo en nuevos marcos. El viejo refrán: «Estamos tejidos de las fibras de nuestros antepasados» sigue teniendo su valor hoy. Al renegar de su herencia, África se causaría una herida profunda.

Los antepasados descubrieron un claro sentido del hombre, del universo y del grupo al servicio de los demás. Este gran valor africano de apertura y solidaridad sociales es el que tiene que conservar y reencarnar la nueva sociedad africana que está naciendo.

©️ngangamansa.com

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